Flotar entre el cielo y la tierra

En 1863, Julio Verne publicó la que sería una de sus más famosas novelas: “Cinco semanas en globo”. En aquel entonces, el globo aerostático era un invento fascinante, que despertó la imaginación de millones de lectores. Hoy en día, siglos después, esta magia persiste en el Festival Internacional del Globo, llevado a cabo en el Parque Metropolitano de León.

Los vuelos en globo parten desde las 6:30 de la mañana, cuando empieza el inflado de los aerostatos. Los pilotos, la tripulación y los viajeros que han decidido viajar, aguardan a que las bolsas de tela, las canastas de mimbre y los tanques de helio tomen forma. El gélido viendo de la mañana en el Parque Metropolitano se mezcla con los candentes fogonazos que van llenando las figuras de colores, que van desde Bob Esponja hasta originales personajes sonrientes y marcas publicitarias.

Conforme las primeras luces del alba iluminan la zona de despegue, las canastas se posan firmemente sobre el pasto y el globo se infla por completo. Por doquier los visitantes de todo el estado de Guanajuato, el país y parte del mundo, se toman selfies y sonríen antes las figuras. Para ellos todo es diversión, mas no para la tripulación y los pilotos, quienes no dejan de echar helio y atender sus respectivos vehículos voladores.

Minutos antes de las siete, el cielo comienza a teñirse de colores con los primeros despegues.

El número 46 pertenece a Paul Knuth, de Crestwood, Kentucky. Desde inicios de los años noventa se dedica a volar como un pasatiempo, pero sobre todo, como una pasión. Ha viajado a los grandes festivales del mundo, como el de Albuquerque y el de León. Su aerostato, con los colores del arcoíris, es casi parte de él. Sabe controlarlo y desplazarse por entre el aire de noviembre.

Despegar es sentir un estrepitoso jalón, y de paso, experimentar la súbita inseguridad de no estar en el suelo. Desde lo alto la gente se empieza a ver más y más pequeña, hasta convertirse en diminutos e irreconocibles puntos. La presa del Palote se vuelve un charco desde el cielo.

Los edificios, como unas maquetas. Se escuchan aplausos y algarabía del público que mira atónito el ascenso, pero el más persistente de los sonidos son los fogonazos que de manera constante abre Paul para mantener la estabilidad.

Lo interesante, lo que realmente fascina de estos viajes, es que viajas a donde el viento te lleve. Literalmente. Algunos terminan cerca de algún campus universitario, otros en una colonia aledaña, otros en un club de golf. Tal vez en un fraccionamiento privado, posiblemente en mitad de un bulevar o en una cancha de futbol soccer o de basketball.

Antiguamente, era todo un reto para la tripulación encontrar el lugar de aterrizaje, que tomaba horas; pero ahora, gracias a la tecnología, no hay nada que un GPS y una Tablet no puedan resolver.

En el caso de Paul Knuth y su tripulación, el viento frío de noviembre los conduce hasta las faldas del Cerro Gordo. El vehículo aéreo cae entre rastrojos y maleza de golpe. Al principio, la canasta parece caerse, pero en cuestión de minutos el resto de la tripulación la estabiliza. Poco después llegan vecinos de las calles cercanas a tomarse fotos y selfies con sus teléfonos celulares.

Pareciera que la diversión ha terminado… pero no es así. Para Paul y su tripulación, compuesta por un compatriota suyo y cuatro jóvenes voluntarios de México, el trabajo apenas empieza. Ahora, se trata de esperar a que el globo se desinfle, para después doblarlo y guardarlo.

Finalmente, todos los Aero viajeros brindan con una botellita de whisky. Pueden exclamar “Cheers” o “Salud”. Lo que realmente importa, es que fue un vuelo satisfactorio.